martes 28 de junio de 2011

Los espectros, Andreiev

Acantilado, 2010

Leonid Andreiev (1971-1919) puede dejarte sin aire, lector. Porque leerlo es bucear en otra realidad, más cercana a aquella que te atrae y aterroriza.
Sin ponerme tan de carátula de película de terror, puedo asegurar que esta lectora ha temblado al leerlo como hacía tiempo no temblaba. Belleza sobrecogedora y vértigo los de este escritor ruso no demasiado conocido. No tanto como otros que expresaron su admiración por él. como Gorki, su mentor. Andreiev nació en la zona de Tolstoi y Turgeniev, fue de origen humilde pero tuvo éxito en vida, fue antizarista pero se alarmó desencantó muy pronto del comunismo… ¡Qué más da!
La percepción de la realidad no es la que llamamos normal en el manicomio, donde transcurre la mayor parte de la novela, por más que lo sea para los internos que viven en él; pero tampoco lo es en el Babilonia, un restaurante al que cada noche acude el director de la clínica a embriagarse y cuyos clientes consideran un mundo más real que el que conocían antes de llegar allí.

«Y mientras bebían se percataban de que la vida sobria que habían llevado hasta entonces no era sino una mentira, un engaño; de que la verdadera vida, la vida real, estaba allí, en aquellos lindos ojos bajos, en aquellas exaltaciones del sentir y el pensar, en aquel vaso que alguien acababa de romper, derramando sobre el mantel un vino color de sangre.»

¿Qué es el mundo real? Un narrador omnisciente nos lleva a través de pasajes bellísimos y misteriosos y nos presenta a los locos (el que llama a las puertas, la claustrofóbica, el feliz…); al doctor, que busca la disipación cada noche; a la enfermera, ardientemente enamorada. Poco a poco, sin sentir que atravesamos frontera alguna entre la cordura y la locura, nos descubrimos, sin demasiada sorpresa, en otra realidad, como si despertáramos en ella y comprendiéramos que llevamos un tiempo ahí. Es como la enfermera, que observa el jardín desde detrás de una cristalera de colores en el primer piso: cuando mira a través del cristal amarillo el mundo se llena de infinita desesperanza.
Uno de los más turbadores pasajes es aquel en que el paranoico Petrov imagina que ve a su madre:

«Permaneció asomado a la ventana una hora entera. Muchas veces creyó divisar detrás de la esquina el gorro de piel, los ojos terribles y el pálido rostro materno.»

«Se disponía ya a lanzar un grito de horror cuando la visión desapareció. En torno se derretía la nieve, pesadas gotas de agua caían del tejado, de los árboles, del muro. El aire tibio, límpido, de la primavera envolvía el jardín. El día era claro, luminoso.
»La excitación de Petrov desapareció, así como los pensamientos fragmentarios que turbaban su espíritu. Sólo le quedó una honda tristeza.
»Se tendió en la cama. La tristeza, como si fuera un ser viviente, se posó en su pecho y le clavó las garras en el corazón. Así permanecieron ambos, estrechamente unidos, mientras fuera, en el jardín, caían gruesas gotas de nieve derretida, y todo era claridad, luz radiante.»

El mismo Petrov nos muestra el horror en una bandada de grajos:

«Formaban una larga cinta viviente y, aunque eran numerosos, en sus gritos se adivinaba un sentimiento de soledad, el temor de una interminable noche fría, una queja dolorosa.»

Es una novelita muy corta, de seis capítulos, y no quiero desvelar más. Reconozco que lo mío con este autor es visceral, un estremecimiento continuo. Por eso, léanlo.

domingo 24 de abril de 2011

Tristano muere


En una casa de campo en Italia, en 1.999, Tristano, que ha combatido por la libertad de su país, llama a la cabecera de su cama a un escritor que en otro tiempo se inspiró en él para escribir una novela. Durante su agonía y su delirio, Tristano rearma un pasado inabarcable, reflexiona sobre la función del escritor, y bosqueja un fresco de casi sesenta años de la historia de Italia, con sus tragedias y sus simulacros, hasta la irrupción de la estupidez televisiva.



Tristano muere (Una vida), Antonio Tabucchi, Anagrama, 2004

lunes 18 de abril de 2011

Contracaminante, Jesús Arroyo

En este primer libro publicado, fruto de siete años de trabajo, Jesús Arroyo reúne cincuenta y tres poemas francamente magníficos, agrupados en cuatro partes: "Cuestión de verso"," Culpable Asturias", "Contracaminante"- la que da título al libro y a la par la más intensa y extensa y " Por algo, por alguien" . El autor nos va dejando pinceladas de lo que ha sido su vida hasta el momento: sus motivos para escribir, su amor por Asturias- la tierra que le vio crecer-, sus sentimientos hacia las personas a las que ama y su relación con ellos, sus experiencias duras ( muerte, enfermedad) y su forma de sentir el mundo. Los poemas tienen una calidad extraordinaria y una exquisita sensibilidad. Es una poesía que cumple la condición de ser a la vez cercana y elaborada, profunda y sencilla, una poesía que emociona de principio a fin, donde la calidad humana del autor se palpa en cada letra.

Contracaminante, Jesús Arroyo, Editorial Sinmar, 2011

Los objetos nos llaman, Juan José Millás.

Los mejores relatos cortos de Juan José Millás están reunidos en este libro, que te deja con ganas de más. Escrito con un estilo muy personal en el que se solapan realidad y fantasía, vivencia y sueño, el mundo en el que vivimos y el más allá y aderezado con una desbordante creatividad, el libro supone un encuentro a retales fugaces pero intensos con un escritor inquieto, vivaz y observador, que juega en su imaginación con cada objeto, con cada persona, con cada realidad que se cruza en su camino. Aunque unos relatos enganchan más que otros es, en conjunto, un libro magnífico. Como reseña adicional debo decir que, al tratarse de relatos independientes, resulta muy cómodo para leer en cualquier parte, en trayectos cortos de metro, en escapadas de fin de semana...

Los objetos nos llaman, Juan José Millás, Booket -Seix Barral, 2008

viernes 8 de abril de 2011

Cita


"Hablábamos perfectamente, y nos encontramos con que la vida es un idioma extranjero. En algún lugar entre el pantano y las montañas. En algún lugar entre el miedo y el sexo. En algún lugar entre Dios y el Diablo está la pasión; el camino a la pasión es súbito, y el regreso es peor."


La pasión, Jeanette Winterson, Sudamericana, 1995

jueves 17 de marzo de 2011

Miscelánea, Ángel González en la revista Litoral.

La escritura es una especie de enfermedad contagiosa que los libros transmiten a quienes los frecuentan en exceso. Todos los lectores contumaces están expuestos a ese contagio, y en distinta medida todos lo sufren, aunque algunos lo desconozcan y otros, por prudencia o timidez, lo oculten. El lector químicamente puro no existe; en su interior hay siempre un escritor latente o agazapado que a veces despierta de su letargo y se abalanza sobre parientes y amigos creando en la mayoría de los casos (hay admirables excepciones) situaciones de pánico o de desolación.

Cuánto mas temprano sea el contacto con los libros, más graves y duraderas serán las consecuencias de ese virus incubado en el texto que son, unas veces por fortuna y otras por desgracia, casi siempre incurables. Exagero poco; creo que Kafka hablaba de la literatura como lepra.

Las razones por las que sigo escribiendo sesenta años después de haber sufrido el contagio de la literatura son dudosas. Para justificar el acto en principio gratuito (y a veces oneroso: hay quien paga por publicar sus versos) de la escritura poética se suelen esgrimir muy diversos argumentos algunos de los cuales yo mismo he utilizado: el deseo de penetrar la realidad, de conocer y de evaluar éticamente el mundo; la necesidad de expresarnos o de comunicarnos; la voluntad de “anclar en el río de Heráclito” y de salvar del efecto corrosivo del tiempo en algunas cosas queridas; el goce de crear pura belleza. Todas estas justificaciones pueden ser válidas, y algunas lo siguen siendo para mí. Pero pienso que a estas alturas de mi vida, si continúo escribiendo, es también por otra razón menos grandilocuente y un tanto pueril que acaso me avergüenza confesar. Me temo que, aunque siempre sostengo lo contrario, estoy cayendo en la tentación de creer que el poeta, bueno o malo, que mis versos configuran –ese personaje ilusorio que habla en los poemas- soy efectivamente yo, y que el acabamiento del poeta significaría mi propio acabamiento. Se trataría en último extremo, de un deleznable caso de amor propio, de un afán de superviencia planteando con grave error de perspectiva, quizá justificable; pues algo o mucho de mí persiste en lo que escribo. Y, aunque no ignoro que los poetas, como los toreros, deben retirarse a tiempo; y que en la vida hay cosas más serias que la poesía; y que el “arte es largo y además no importa”; si a pesar de ser consciente de todo eso sigo escribiendo es , en parte, porque me resisto a confinar en el pasado ese residuo de mí mismo que sobrevive en mis poemas, a desprenderme de ese yo que es otro, pero que ahora, cuando los dos estamos acercándonos al final inevitable, noto que me hace muchísima compañía.