Acantilado, 2010Leonid Andreiev (1971-1919) puede dejarte sin aire, lector. Porque leerlo es bucear en otra realidad, más cercana a aquella que te atrae y aterroriza.
Sin ponerme tan de carátula de película de terror, puedo asegurar que esta lectora ha temblado al leerlo como hacía tiempo no temblaba. Belleza sobrecogedora y vértigo los de este escritor ruso no demasiado conocido. No tanto como otros que expresaron su admiración por él. como Gorki, su mentor. Andreiev nació en la zona de Tolstoi y Turgeniev, fue de origen humilde pero tuvo éxito en vida, fue antizarista pero se alarmó desencantó muy pronto del comunismo… ¡Qué más da!
La percepción de la realidad no es la que llamamos normal en el manicomio, donde transcurre la mayor parte de la novela, por más que lo sea para los internos que viven en él; pero tampoco lo es en el Babilonia, un restaurante al que cada noche acude el director de la clínica a embriagarse y cuyos clientes consideran un mundo más real que el que conocían antes de llegar allí.
«Y mientras bebían se percataban de que la vida sobria que habían llevado hasta entonces no era sino una mentira, un engaño; de que la verdadera vida, la vida real, estaba allí, en aquellos lindos ojos bajos, en aquellas exaltaciones del sentir y el pensar, en aquel vaso que alguien acababa de romper, derramando sobre el mantel un vino color de sangre.»
¿Qué es el mundo real? Un narrador omnisciente nos lleva a través de pasajes bellísimos y misteriosos y nos presenta a los locos (el que llama a las puertas, la claustrofóbica, el feliz…); al doctor, que busca la disipación cada noche; a la enfermera, ardientemente enamorada. Poco a poco, sin sentir que atravesamos frontera alguna entre la cordura y la locura, nos descubrimos, sin demasiada sorpresa, en otra realidad, como si despertáramos en ella y comprendiéramos que llevamos un tiempo ahí. Es como la enfermera, que observa el jardín desde detrás de una cristalera de colores en el primer piso: cuando mira a través del cristal amarillo el mundo se llena de infinita desesperanza.
Uno de los más turbadores pasajes es aquel en que el paranoico Petrov imagina que ve a su madre:
«Permaneció asomado a la ventana una hora entera. Muchas veces creyó divisar detrás de la esquina el gorro de piel, los ojos terribles y el pálido rostro materno.»
«Se disponía ya a lanzar un grito de horror cuando la visión desapareció. En torno se derretía la nieve, pesadas gotas de agua caían del tejado, de los árboles, del muro. El aire tibio, límpido, de la primavera envolvía el jardín. El día era claro, luminoso.
»La excitación de Petrov desapareció, así como los pensamientos fragmentarios que turbaban su espíritu. Sólo le quedó una honda tristeza.
»Se tendió en la cama. La tristeza, como si fuera un ser viviente, se posó en su pecho y le clavó las garras en el corazón. Así permanecieron ambos, estrechamente unidos, mientras fuera, en el jardín, caían gruesas gotas de nieve derretida, y todo era claridad, luz radiante.»
El mismo Petrov nos muestra el horror en una bandada de grajos:
«Formaban una larga cinta viviente y, aunque eran numerosos, en sus gritos se adivinaba un sentimiento de soledad, el temor de una interminable noche fría, una queja dolorosa.»
Es una novelita muy corta, de seis capítulos, y no quiero desvelar más. Reconozco que lo mío con este autor es visceral, un estremecimiento continuo. Por eso, léanlo.




