jueves, 5 de diciembre de 2013

Agua dura, Sergi Bellver

Ediciones del viento, 2013

Se compone Agua dura de diez cuentos de diferente longitud cuyo motivo común es o resulta ser el agua (mar, pozos, lluvia), pero a los que une mucho más una sensibilidad para el misterio, para detectar fisuras en la realidad como fisuras en un embalse por las que amenaza irrumpir lo inabarcable e incomprensible de la existencia. Vivimos en general evitando esa mirada terrible, pero sabemos que lo desconocido está ahí, al otro lado, aunque silbemos para intentar espantar el miedo. Sergi Bellver tiene esa mirada.

En un relato como el primero, el deslizamiento hacia lo más temible (¿qué es lo más temible? Quizá la incomprensión absoluta, la disgregación de la conciencia que mantiene la realidad unida) es escalonado como en una pesadilla. Querría saber si todo lector siente que ha vivido esa historia, cómo se amontona el miedo poco a poco, cómo intentamos actuar con normalidad y no ver lo misterioso hasta que no podemos evitar reconocer que algo no funciona y el movimiento se hace más frenético y lo misterioso terrible ha entrado ya en el mundo y no podemos más que correr. Pánico.

Otros no son tan pesadillescos, pero todos son bellos, con imágenes potentes, fogonazos que permanecerán en la memoria. Hay un cuento en que un hombre se descubre y acepta y los demás lo descubren y aceptan bestia salvaje, pero ¿no son todos, finalmente, bestias? Terrible, terrible cuento.

Seguiremos oyendo hablar y leyendo a Sergi Bellver y apreciando su finura para la luz. Como la luz mate y gris del relato que cierra el volumen: un hombre adaptado, mediocre, aburrido, ve en los paisajes lunares de Islandia una entrada a otro mundo que a él lo llena de temor, pero que el lector intuye más pleno y poético. Si a nosotros nos leyera un lector sin miedo, ¿no vería lo mismo, ese miedo que nos domina y nos mantiene rígidos y cerrados a lo desconocido?

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