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lunes, 7 de diciembre de 2009

Primera memoria, Ana María Matute

Será porque Ana María Matute a sus ochenta y tres años sigue siendo, ella misma así lo afirma, sigue siendo un niño -que no una niña- de once años, será por eso que, aunque Primera memoria está relatado desde el tiempo, desde lo adulto, será por eso que la voz sigue siendo la de una muchacha de catorce años. Porque Matia, la protagonista, cuenta lo que ocurrió en su infancia y lo cuenta sin desvelar dónde está, cuánto tiempo ha pasado desde entonces, en qué mujer se ha convertido, y eso hace, ese desconocimiento, que toda la novela parezca relatada por una niña -no por el vocabulario ni lo simple, oh no, ni mucho menos-, porque son los ojos de la Matia chiquilla los que gobiernan y zarandean a los de la Matia adulta. Y será por eso, porque sigue siendo un niño de once años, y por mucho que peine ya una melena completamente blanca, que sus ojos siempre serán de muchacho, de niño con pantalones cortos y piernas desiguales, rotas, moradas. Pocas veces la voz narradora te recuerda que aquello ocurrió en el pasado y nunca te habla del presente -quizá porque es la primera entrega de una trilogía, aunque independientes los libros que la componen- y eso te hace sumergirte de lleno en una vida que todavía no ha entrado en el mundo de los mayores, a ésa a la que el lector cree confusamente pertenecer.