miércoles, 30 de diciembre de 2009

Libros 2.009


Ahora que termina el año pensé que sería una buena idea que cada una de nosotras hiciera un recuento de los libros del 2.009. Si os apetece la propuesta…

Primero pensé en un número determinado de libros, ¿diez, nueve, cinco? Limitarme a ellos. Luego al tuntún, los que recordara llegando sin más al lápiz. Más tarde en hacer (o tratar de) un ejercicio de memoria y comprobar cuántos me dejo en el tintero por mi mala cabeza, debería hacer una lista de los libros que voy leyendo pero no, las listas encierran y asfixian, reducidas a los márgenes donde todo parece estrecharse (Umberto Eco ha publicado un libro que habla de eso mismo, de listas; me causa curiosidad pero aún no lo he ojeado en ninguna librería). Al final lo mejor será lo del tuntún, soy tarambana yo y mejor escribir sin dobladillos que me hagan tropezar. Ahí van, los libros o los autores, no los dobladillos.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Las palabras de la tribu. Francisco Umbral

Me gustan los libros de escritores que hablan de otros escritores, no por seguir patrones, no siempre coincido con ellos, suelo ser muy mía en mis inclinaciones, pero me gusta la mala baba que suelen gastar, me divierte el tono que adoptan a la hora de masacrar o ensalzar al compañero de oficio. Y algo de curiosidad malsana por mi parte, también, al fin y al cabo conocer gustos ajenos nos lleva a conocer al otro y en el caso de un escritor que escribe sobre otros, no puede evitar ofrecer una porción más íntima que la que deja entrever en sus escritos. Las filias y fobias son así y todos adolecemos de ellas, sin excepción.
En Las palabras de la tribu, Umbral hace un recorrido desde Rubén Darío a Cela. Partiendo del Modernismo que nos llega de la mano de Rubén -alumbrando todo lo que toca con su poesía y estilo- pasa por Galdós, Valle, Baroja, Ortega, JR Jiménez, Guillén, Alexaindre, Vallejo, la generación del 27, del 36, el humor, la posguerra... en fin, las tendencias literarias del S.XX hasta los cincuenta en nuestra literatura que no serviría de nada extender aquí. Todo ello con el tono que caracteriza a Umbral, su lirismo, cabezonería, cierta chulería se podría decir, ¿por qué no? Y esa forma de contar que consigue arrancar en mí la admiración por el uso magistral de la palabra, del respeto a las metáforas y sus cabriolas, el lenguaje amado y agasajado me parece en él.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Primera memoria, Ana María Matute

Será porque Ana María Matute a sus ochenta y tres años sigue siendo, ella misma así lo afirma, sigue siendo un niño -que no una niña- de once años, será por eso que, aunque Primera memoria está relatado desde el tiempo, desde lo adulto, será por eso que la voz sigue siendo la de una muchacha de catorce años. Porque Matia, la protagonista, cuenta lo que ocurrió en su infancia y lo cuenta sin desvelar dónde está, cuánto tiempo ha pasado desde entonces, en qué mujer se ha convertido, y eso hace, ese desconocimiento, que toda la novela parezca relatada por una niña -no por el vocabulario ni lo simple, oh no, ni mucho menos-, porque son los ojos de la Matia chiquilla los que gobiernan y zarandean a los de la Matia adulta. Y será por eso, porque sigue siendo un niño de once años, y por mucho que peine ya una melena completamente blanca, que sus ojos siempre serán de muchacho, de niño con pantalones cortos y piernas desiguales, rotas, moradas. Pocas veces la voz narradora te recuerda que aquello ocurrió en el pasado y nunca te habla del presente -quizá porque es la primera entrega de una trilogía, aunque independientes los libros que la componen- y eso te hace sumergirte de lleno en una vida que todavía no ha entrado en el mundo de los mayores, a ésa a la que el lector cree confusamente pertenecer.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Coronación, José Donoso

Andrés es el típico hombre maduro que ha quedado soltero y ya es demasiado viejo para casarse y demasiado joven para estar tan solo. Y, sin embargo, él es feliz así, con su vida tranquila y calmosa, para alarma de todos. La abuela, nonagenaria, loca y postrada en una cama, es la única familia que le queda, después de que su abuelo muriera y dejara como última voluntad, a pesar de haber pasado los últimos años lejano y como de otra familia, que las dos criaditas de toda la vida se ocuparan de ella. Y en ésas están: la anciana, sabia y desquiciada, gobernándolo todo incluso sin poder moverse, las dos criadas, obedeciendo, acostumbradas al espesor y la quietud de la casa, y él, contemplativo e inmóvil, dejando que cualquier oportunidad que le sacuda pase de largo. La vida pasa tranquila en la casa de los Abalos, todo envuelto en lujo y servidumbre. Pero entonces ocurre lo que nadie cabía esperar: viene Estela, la sobrina de una de las criadas, para quedarse. Después de tantas muchachas como han pasado por la habitación de doña Elisa, Estela llega dispuesta a cuidarla y a no dejarse intoxicar por la locura de la vieja. Y todo está en orden hasta que aparece Mario en su vida. O hasta que Andrés empieza a ver en la chiquilla algo más que eso. O hasta que el hermano de Mario desaparece y vuelve cargándolo de tanto pesar, de tanta ruina. O hasta que Carlos, el médico, amigo de Andrés, ve en él un ser ridículo. O hasta que la anciana recobra toda la cordura maligna y terrible y arroja luz donde debe haber oscuridad.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Las uvas de la ira. John Steinbeck

Recordaba unas imágenes en blanco y negro, oscuridad, agua, barro y a un Henry Fonda joven y musculoso, con una gorra ladeada; hace de esto tantos años que también las imágenes de mi infancia se me aparecen ya en blanco y negro, sin matices parece querer regresar la infancia cuando se acumula el tiempo. Y esos años después no conseguí cambiar el rostro a Joad, el protagonista de la novela, un Fonda con gesto ceñudo, orgulloso, me acompañó entre sus páginas.
Oklahoma en los años treinta, polvo y miseria, formando una argamasa dura junto a la codicia de aquellos que aún poseían algo. El valor de la tierra, la familia, de la dignidad o el orgullo, tan lejanas estas palabras ahora. Un sueño, conseguir trabajo en California, la tierra prometida que, como todos los sueños y las promesas de los que nacieron ya derrotados para la historia, acaba por convertirse en pesadilla, en una decepción que, cuando se posee menos que nada, recibe el nombre de desesperación.
Unos personajes llenos de fuerza, de amor propio y razones que nos acompañan en el viaje: Casy, el predicador renegado que sabe del poder de la palabra y la inutilidad de un dios y su presencia silenciosa, tan encogido si es que existes. La madre, sin redención, un papel femenino que cubre el relato con su tenacidad en unos años en los que ellas aparecían en las novelas poco más que como representación anecdótica o seres inanes. Joad, cansado, menos ingenuo que los demás porque aprendió antes de tiempo las reglas que vapulean la existencia. Y el resto de la familia, perdidos en una nueva época de la que aún desconocen las premisas. Con todos viajamos, sobre el camión que los lleva de un estado a otro, y los mismos augurios que a ellos, oscuros, nos acompañan a lo largo de la historia.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Señora de rojo sobre fondo gris, Miguel Delibes

Nicolás le escribe una carta a su hija, que está a punto de llegar a casa, está a punto de volver de la cárcel, donde ha estado encerrada por asuntos de rebeldía estudiantil. En ese tiempo en el que ella ha estado aislada de la vida pero no del dolor que ésta soporta, ha dado tiempo de algo que cambiará a todos: la muerte de su madre. La esposa de Nicolás, Ana. No le escribe a su hija para contárselo, porque ya lo sabe, no le escribe a su hija, se está escribiendo a sí mismo. Está rindiéndose un pequeño homenaje y un gran exorcismo con su difunta mujer. Lo hermoso de ese monólogo es que, aunque la muerte de Ana no tarda en aparecer, el personaje se nos hace tan vivo y querido, que no notas su ausencia. Nicolás, el narrador, Miguel Delibes, el quizá alter ego de este personaje, habla de su mujer con tanta ternura y tan de hoy, a pesar del pretérito, que acaba engañándote y haciéndote olvidar, quién sabe si olvidando a ratos él también, que Ana no está. Y, sin embargo, cuando llegas al final, que es el principio, cuando estás frente a su muerte, cuando reconoces esa información que ya te habían dado pero que habías omitido para respirar bien la novela, quedas sorprendido. Es como si durante todas y cada una de las páginas que has ido pasando fueran nada más que una esperanza inútil de que se hubiera equivocado, de que fuera un sueño, una pesadilla, un error.

martes, 17 de noviembre de 2009

Secretos a voces. Alice Munro

Todos los relatos que he leído hasta ahora de Alice Munro – y han sido muchos, desde que la descubrí me tuvo hipnotizada y no paré hasta leer casi toda su obra publicada aquí- fluyen, resulta sencillo sumergirse en su aparente facilidad hasta que caemos en la cuenta de que la historia hace rato que dejó de discurrir por el cauce que esperábamos, que se ha vuelto a adentrar en una de sus múltiples marañas, una historia engarzada a otra y así todas tenuemente relacionadas. Y nos sentimos incapaces de concretar el momento en el que sucedió. Pura magia literaria que da la vuelta a nuestras expectativas narrativas de forma tan inteligente, que si sus historias no nos resultaran reales, parecerían tener truco.
En Secretos a Voces aparecen ocho relatos, ocho mujeres situadas en un entorno agreste, en ocasiones violento. Tal vez cabría mejor decir salvaje, con la fuerza que el ambiente puede provocar en ellas, convirtiéndose así éste en un personaje más. El lugar donde esas mujeres recuerdan, cuentan, intentan defenderse de su relación con los hombres o con los demás, sus vidas. La capacidad de Munro para transmitir las relaciones y el poder que las trasciende siempre me deja admirada. En estos relatos nos las encontramos en el momento que parecen a punto de quebrarse, de dejarse vencer y sin embargo acabamos descubriendo en ellas las grietas en las que poder refugiarse y desde las que observar su fuerza real.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Una casa para siempre, Enrique Vila-Matas

¿Las memorias de un ventrílocuo quién las puede escribir: el muñeco o el que habla por él sin mover la boca, de forma misteriosa? ¿Quién debería hacerlo si ese mismo ventrílocuo tiene propia voz, no es capaz de cambiar la suya por la del personaje, quién debería escribir tales memorias? Yo lo tengo claro: Enrique Vila-Matas. Él que es tan escritor y tampoco puede -ni debe ni necesita- cambiar su tono por otro ajeno y desconocido, él debe escribir esas memorias porque habita desde hace mucho tiempo en esa casa para siempre que es la imaginación y es tan capaz. Ésta es una novela-en-cuentos, que dice Rodrigo Fresán, una novela completa y suficiente por sí misma, pero plagada de fragmentos del interior de ese ventrílocuo, relatos y cuentos, episodios parcialmente apartados del total, casi independientes. Se puede decir que el hilo conductor es la vida de ese personaje, el ventrílocuo, sus contratiempos, su amada que lo abandonó por un peluquero, la búsqueda -o no- de tal ladrón, un inicio algo detectivesco de la mano de, ni más ni menos, que una Margueritte Duras que ni empieza ni acaba donde su nombre y su imagen real y conocida. En la contraportada de Anagrama se asegura que un libro de memorias escamotea algo o mucho y, en este caso, ocurren ambas cosas.

jueves, 12 de noviembre de 2009

El Powerbook, Jeanette Winterson

Leer a Jeantte Winterson es sumergirse en un océano extraño. Su narrativa no es de difícil lectura, simplemente es distinta, es original.
Y El Powerbook no escapa a esa carcterística. En su transcurso nos encontramos con personajes andróginos, con viajes en el tiempo, con voces ambiguas. Leer El Powerbook es saltar entre Las Mil y Una Noches, los mitos amorosos de la literatura, la exploración de las intersecciones entre la realidad y la ficción,mientras asistimos a su desarrollo desde la pantalla de un ordenador. Pero, este libro es, más allá de su estructura narrativa, una historia de amor virtual,intensamente erótico, imaginativo, arrebatador.

Mientras leía el "Power", no podía evitar acordarme de ciertas mujeres que me acompañan virtualmente: (*, Fusa, Gloria, Nunú. Por qué, no lo sé, pero ellas se movieron en este libro a la par de los personajes. Espero que mi recomendación resulte de su agrado.

Y transcribo una frase, la primera, la que atrapa y no suelta:
"Para evitar que me descubran, sigo huyendo. Para ser yo quien descubre, sigo incansable."

miércoles, 11 de noviembre de 2009

La señora Dalloway, Virgina Woolf

He leído que La señora Dalloway es un descontento general. Y me ha gustado. Y se podría decir que estoy de acuerdo. En general la propia Virgina Woolf es una descontenta en general. Decidió acabar con su vida sumergiéndose en un río. Para mí es una imagen bella porque la recuerdo en la película Las horas, de donde saqué esta lectura, y la vi cómo se metía adentro más adentro sin cambiar el rostro, feliz de poder llevar a cabo su propósito de hacía ya tanto tiempo. Por eso a mí me resultaba tan inevitable pensar que Clarissa, la protagonista, la señora Dalloway, era el alter ego de la escritora. Pero también Peter y también el resto de personajes que, aunque secundarios, alternan todos sus monólogos escritos en tercera persona convirtiéndose también en imprescindibles. El que se atreve a mirar de cerca la condición humana debe ser por fuerza un descontento general. Y después de este libro es tan sencillo quedar hipnotizado por esa constante melancolía y tristeza que hasta una se siente estúpida y cursi habiendo mirado la vida con ojos esperanzados o alegres. La novela es sólo un día. ¿Y cómo, tantas cosas pueden decirse de sólo veinticuatro horas, de sólo la antesala de una fiesta y de la fiesta misma, toda una novela para explicar eso, el día de una señora que empieza comprando flores y acaba dando una fiesta en su casa, tan angustiante puede resultar ser la perfecta anfitriona, qué tiene Clarissa adentro para que dé de sí hasta tantas páginas como tiene esta novela? Si uno quiere, lo dice E., si uno quiere ponerse a relatar todo lo de un día sin saltarse nada, da para todas las novelas que se quiera.

En lugar seguro de Wallace Stegner

Hay novelas que te impresionan sin saber bien la razón, que te resistes a acabar por no tener que cerrarlas definitivamente y dar así la oportunidad a sus personajes para que te abandonen. Fue el caso de En lugar seguro de Wallace Stegner. Dos jóvenes parejas se conocen tras la Gran Depresión, unas vivencias comunes en ese momento (ellos se encuentran en el Departamento de Literatura de una Universidad, ellas esperan un hijo), una fascinación mutua y a partir de ahí… la amistad, el transcurrir del tiempo y sí, también la literatura como pasión y motor de vida. Intimista, honesta, serena y sincera, alejada de sentimentalismos en los que podría haber caído al menor descuido pero no, el autor desliza delicadamente unas vidas ante nuestros ojos y nos ofrece un elogio de la normalidad, unos diálogos inteligentes, reflexivos que definen a personas de carne y hueso y en los que el tiempo va dibujando sus huellas, madurando y matizando sus opiniones, sus afectos.

La amistad como referente de un lugar seguro, aún siendo conscientes de que éste no existe y de que su búsqueda sea el único lugar seguro al que podamos aspirar.

Tal vez porque se trate de un tema que me atañe, la amistad - hablo de la que entiendo por auténtica, la que va creciendo con nosotros a medida que pasan los años, fortaleciendo nuestras vidas - tal vez por la elegancia y sencillez al ser narrado, por las digresiones sobre literatura y vida… es por lo que me atrevo a recomendar ésta novela convencida de que no os defraudará. Y que como yo, al leer la última página, tendréis la sensación de sentiros abandonados por esos cuatro personajes tan cercanos y veraces.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Pedro Páramo, Juan Rulfo

Una madre que muere y tiene la suficiente entereza, fuerza y conciencia como para darnos alguna orden y cargarnos con algún secreto tiene tanto poder como peligro. Una madre que muere, una madre muerta que habla en vida, puede dejarnos historias sin empezar, historias acabadas, aventuras, recuerdos, cartas, voces del pasado, llaves que abren cuartos prohibidos y un sinfín de cargas emocionales. Pero Juan Preciado, el joven protagonista de Pedro Páramo, tiene, con las últimas palabras rancias de su progenitora, una misión: encontrar a su padre al que nunca vio, acudir a Comala, el lugar donde puede dar con él y... y qué. ¿Y qué se encuentra Juan Preciado? ¿La típica escena de película de domingo que tiene reencuentro y ternura y lágrimas y un montón de historias que quedan por contar? ¿Puede encontrarse Juan Preciado con una segunda familia a la que desconocía y a la que empezará a querer después de que todos los prejuicios y todas las órdenes de su madre muerta consigan silenciarse tras el tiempo y el amor que le darán sus hermanitos pequeños y recién conocidos? ¿Podrá la nueva madre ahuecar el dolor y llevarse ese título que a priori parece insustituible? Nada de eso. No es el estilo de Juan Rulfo.

jueves, 5 de noviembre de 2009

La plaça del diamant, Mercè Rodoreda

Podría haber sido que Quimet le cambiara el nombre a Natalia -y toda su identidad con ella- y que fuera para liberarla. El nombre no es más que un lastre que llevamos encima desde que nacemos: unos pesan más y otros pesan menos. Llamarse Natalia no es ninguna grandeza. Ni siquiera uno puede elegir. Pero si te lo cambian, que sea, como digo, para liberarte. Quimet, pues, le cambia el nombre a Natalia y ésta empieza a llamarse Colometa. Colometa, en catalán, es palomita: de paloma. Y uno, al entrar en la historia, lo primero que piensa es en un pájaro que vuela, que se alza al cielo, que se olvida de tan lejos como está, que se añora por ello. Podría haber sido, pero no fue. Colometa venía a ser un montón de pájaros encerrados en una jaula enorme -pero jaula-, llena de cagadas, sin espacio suficiente para volar, en un rincón de un balcón. Tan arriba ya y, sin embargo, sin poder hacer nada, sin poderse tirar al vacío y descubrir que se sabe volar y no se había intentado. Colometa resultó ser un nombre lleno de aleteos y plumas que se escapan del cuerpo y caen de esa manera tan literaria pero que tan poco sirve. Así, balanceándose, despacio: inútil. Natalia es un personaje a simple vista sencillo: una mujer cualquiera que se mantiene fiel a su marido, que se convierte sólo en un muñeco, que no alza un poco la voz o el ala de su nuevo nombre, que basa el amor entre un hombre y una mujer en el respeto y en nada más que eso.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Joyce Carol Oates


Tiene un aire quebradizo, pálido, no resulta difícil imaginarla ataviada con ropajes del XIX, contemplando lánguidamente el transcurrir tranquilo de las aguas de un río, dentro de cualquier cuadro del romanticismo. Sin embargo esta mujer pequeña es una escritora prolífica como pocas (¿es posible escribir tanto?, ¿de tan diversos temas? Su tiempo, en comparación con el mío, me parece fructífero y lleno) y la violencia, la crueldad, aparece en sus novelas sin esfuerzo, formando parte de la vida de sus personajes y entrelazadas a ellas como una red de peces asfixiados. Ella reniega de esos dos tópicos, de la extrañeza que provoca en la crítica tanto su publicación incansable, como la violencia que rodea sus personajes y al comentarlo comprobamos de nuevo el error al que puede conducirnos su frágil apariencia: “nada de eso causaría sorpresa si fuera un escritor de quien habláramos, debe tratarse pues de un terreno vedado a las mujeres…” y la imagino, de nuevo, -ya, mi imaginación es tan prolífica como su obra aunque menos efectiva- sonriendo con ironía y algo de la combatividad que sin duda debe esconder su pensamiento.
Con el intervalo de apenas dos meses he leído dos de sus obras, La hija del sepulturero y Un jardín de placeres terrenales. Las dos situadas a partir de los años 30 en USA y las convulsas condiciones de vida que los menos privilegiados tuvieron que padecer.

viernes, 30 de octubre de 2009

El Vicecónsul- Marguerite Duras

El ex vicecónsul de Francia en Lahore espera en una habitación su nuevo destino diplomático. Algo pasó, algo terrible, algo que no se dice. Y fue separado de su cargo. El vicecónsul está loco. Está loco de cordura.
Mientras tanto, en la residencia consular, Anne Marie sueña con infancias lejanas; y Peter Morgan, el joven escritor, quiere reescribir la miseria en los pasos de una adolescente embarazada, puesta fuera de su casa, que cruzará las montañas de Siam y llegará a Calcuta, a confluir en el ambiente oprobioso, aplastante, enajenado, en el que se mueven los diplomáticos.

Duras dijo que éste libro, el más difícil, "grita sin voz por todas partes". Y así es. Grita contra la miseria, contra la soledad que invade al mundo entero.
"La lucha del vicecónsul es una lucha a la vez ingenua y revolucionaria", dijo Marguerite. "Es la mayor injusticia del tiempo, de todos los tiempos: y si uno no llora por eso una sola vez en la vida no llora por nada. Y no llorar nunca es no vivir."


jueves, 29 de octubre de 2009

Cementerio de pianos, José Luís Peixoto

Ahí donde mueren unos pianos, donde hay piezas abandonadas, teclas que hacen eco del silencio, donde un piano no es más que un mueble lleno de polvo, abandono y soledad, ahí es donde viven y mueren los personajes de esta novela, donde trabajan y aman, donde enseñan y esconden, donde descubren y desaprenden. Pero... pasa algo extraño. Puede ser que el padre sea el hijo y por lo tanto el que era tío se convierta en hermano, o también puede pasar que la madre sea esposa y las hermanas, hijas. Todo eso puede pasar en esta novela. Puede pasar en cualquier vida, pero sólo se entiende en esta historia, sólo se desvela en estas páginas de Peixoto, sólo uno se pregunta cómo leyendo Cementerio de pianos. Entonces, el principio: digamos que, cuando nace el nieto, el abuelo muere, también nace el sobrino y el padre muere, también nace el hijo y el padre muere. Todo eso puede pasar al mismo tiempo. Y H. me decía, viéndome desesperar ante las páginas del libro: ¿tú crees que, a estas alturas de la historia -que era aproximadamente en el ecuador-, todos los lectores se harán las mismas preguntas que tú? Las preguntas eran: ¿pero es el padre o el hijo, aquella historia quién la contaba, el tío es el del ojo, por qué ahora dice que es el hermano, quién está hablando, a quién pertenece esta voz que no cesa y a la vez desaparece?

miércoles, 28 de octubre de 2009

Lo Real. Belén Gopegui.

“Escribo para llegar a ser capaz de comprender por qué hacemos las cosas”… son palabras de Gopegui. Si el lector, como ella, se hace preguntas acerca del funcionamiento de nuestro mundo, las relaciones que en él se establecen y trata de encontrar respuestas, éste le resultará un libro interesante que paladeará en muchos de sus párrafos. No es la primera novela que leo, y disfruto, de ella y en todas he percibido una prosa con capacidad de desentrañar y mostrar la realidad de nuestras relaciones, ya sean personales o sociales. Tan relacionadas unas con otras.
Lo real, el libro que nos ocupa, es la historia de un periodista, Edmundo Gómez Risco, contada por Irene, su narradora y colaboradora. Situado en los años 80 y 90, la reciente democracia y aquellos años en los que se gestaron la desilusión, el uso de los medios y la pérdida de la inocencia (la nuestra) al optar todos por el beneficio propio y la “lógica del mercado”. Conocemos al protagonista en la adolescencia y vamos intuyendo su línea de actuación en la vida, cuya finalidad es conseguir un grado de libertad mínimo al margen del vasallaje que ocultan todas las relaciones, sobre todo las laborales, saltándose para ello ese concepto de moral al uso en las clases medias que es la bondad, el actuar correcta y justamente y que, sin embargo, difícilmente determina las relaciones profesionales del individuo y por ende su estatus económico y social.

martes, 27 de octubre de 2009

La Montaña del Alma, Gao Xingjiang


El movimiento del coche comedor del tren hace que dos tazas de té se entrechoquen.Así se iniciará el diálogo entre dos hombres con un mismo destino: llegar a Lingshan, en la China del norte, hasta encontrar la Montaña del Alma.De esta manera, "él" y "tú", guiados por una voz narradora omnisciente, iniciarán el viaje.Un viaje geográfico, pleno de relatos, de descripciones de la naturaleza, de leyendas, de fábulas ancestrales; y un viaje interior, reflexivo, de búsqueda personal y social, de exploración filosófica, de anhelo de pureza,de alcanzar la escencia misma de las cosas.
Podemos decir, sí, que este es un libro de viajes.La voz narradora, distante de los hechos pero conocedora de los mismos, nos involucra con el particular uso del "tú", y es así como nos volvemos partícipes viajeros en esta novela íntima,delicada, llena de ternura.


Gao Xingjiang fue ganador del Nobel de literatura en el año 2000. Es, también, un destacado artista plástico, que mantiene la tradicional técnica de la pintura china: tinta sobre papel de arroz.

domingo, 25 de octubre de 2009

Las palabras de la noche, Natalia Ginzburg

Que yo sea una admiradicta de la vida rural literaria, de los pueblos, de -y esta expresión me gusta mucho- la gente antigua, del lenguaje coloquial, del lenguaje, como se dice en catalán, tal com raja, así, como viene, no me impide saborear de forma objetiva esta novela entrañable y tierna enmarcada en uno de esos escenarios que me sacan de una realidad, un tiempo y una ciudad tan alejados. No se miente si se dice que es la conversación de una madre y una hija, o se dice que, a propósito de eso, se explican muchas más cosas. No se miente. Sin embargo, creo que el argumento es mucho más extenso que eso. Y la protagonista es tan imprescindible como sustituible. Es una historia narrada en primera persona, sin embargo, esa voz que pertenece a una mujer, a la hija de ese diálogo, desaparece por completo y, si no se piensa mucho, hasta se puede olvidar por qué se está hablando de lo que se está hablando: por qué Purillo, por qué el viejo Balotta, por qué Magna María, por qué Barba Tomaso, por qué Mario, por qué Gemmina, por qué Raffaella, por qué, finalmente, Tomasino. Se olvida la voz porque deja de ser importante, se crea una lejanía que ya ese diálogo que al principio parece tan central y tan origen y tan centro, se convierte en la excusa, en el telón de fondo.

viernes, 23 de octubre de 2009

Cae la noche tropical, Manuel Puig


Nidia y Luci son dos hermanas ancianas, argentinas exiladas en Río de Janeiro a mediados de 1.980. Comparten departamento, recuerdos y chismes.
Silvia es la vecina de piso, también argentina, joven psicóloga, exiliada política. Es de ella de quien las hermanas hablan a trasluz...de ella, de su (y, de paso, de "sus") pasado, de su marido, de su amante. Lentamente Silvia se incorporará a sus vidas, cerrando así un círculo de mujeres cuyas vidas se balancean con la brisa del trópico.
Mezcla de género rosa, cine de Hollywood y bolero, "Cae la noche tropical" juega a melodrama, viendo con mirada tierna y poética la soledad, la vejez y la muerte; y aplaude el poder de decisión de la mujer, sea cual fuere su edad.

Océano mar, Alessandro Baricco

La posada Almayer es como un hilo telefónico que conecta la nada con la nada y que reposa sobre el mar, a unos metros solamente, desde donde pueden salpicarte fácilmente las gotas de algunas olas que no encuentran paz alguna entre tanto agua, entre tanto azul y verde. Y ahí arriba del hilo, subidos, pequeños, piando alto o bajo, están todos los pájaros que son los siete personájaros de esta posada a la que acuden buscando reposo y respuestas y algún milagro. Si partieran en dos el edificio y pudieran verse las habitaciones como en una de esas casas de muñecas en miniatura, encontraríamos a un hombre que escribe todos los días una carta de amor para una mujer que todavía no conoce, encontraríamos a un pintor que está obsesionado con pintar el mar y que se ayuda de un profesor obsesionado con encontrar los límites del mar -de haberlos- para poder plasmarlo en papel, encontraríamos un cura con propia religión y propias oraciones, encontraríamos una mujer que necesita tomar lejanía de su vida para poder seguirla o entenderla puesto que ambas cosas no sabe, encontraríamos una niña que no quiere morir y se arriesga y abandona su casa y a su padre, encontraríamos un hombre silencioso y misterioso que apenas sale de su habitación. Dos niños que regentan el hotel: dos niños que ya no son niños, o que siempre lo serán, sabios, ocurrentes, rápidos.

jueves, 22 de octubre de 2009

Buenos días, tristeza. Françoise Sagan

Soy Cécile y tengo diecisiete años y mi padre es un hombre maduro y atractivo y vivimos juntos como amigos aunque yo nunca consiga verlo nunca del todo así y yo, por supuesto, aunque desconocida y lejana para él, tampoco sea jamás una amiga. Las amigas de papá siempre son jóvenes pero no tanto como yo y son guapas como Elsa que es pelirroja y tiene los ojos verdes. Soy Cécile, tengo diecisiete años y empiezo a darme cuenta de lo que es la madurez y de lo que supone hacerse adulto: supone jugar, también, como cuando eres pequeño, pero con cosas de verdad, con cosas que, si rompes, no vuelves a recuperar ni poder comprar por cuatro monedas oxidadas. Soy Cécile y no soporto que Anne, la amiga de mamá, mamá, mamá, la mamá muerta, se haya introducido en nuestra vida y me haga de madre y yo no sepa cómo hacer de hija: si admirarla o temerla o ambas cosas. Soy Cécile y Elsa va a ser mi nuevo juguete, si se rompe puedo pedirle otro a papá. Soy Cécile y tengo diecisiete años y me siento poderosa y avergonzada pero sobre todo poderosa con estos hilos que cuelgan de mis manos, con estos títeres que se mueven bajo el sol que se esconde bajo mi palma.

miércoles, 21 de octubre de 2009

El túnel, Ernesto Sábato

María Iribarne se detiene ante un cuadro del pintor Juan Pablo Castel. En él hay trazos y pinceladas superficiales, hay una historia en el lienzo a la que todos se asoman a mirar, como si fuera una ventana. En las galerías pasa eso, Juan Pablo sabe: todos se detienen ante los cuadros y miran como si vieran lo que el pintor quiso que vieran, y miran posando, como si todo estuviera tan lejos, como si fueran capaces de descifrarlo. Pero ninguno, excepto María Iribarne, que en ese momento todavía no tiene identidad para Juan Pablo, fija su mirada en una ventana que hay al fondo de la pintura. Una ventana aislada, incomprendida, solitaria: como el pintor mismo. Él la está observando. Ve cómo sólo una persona, de tantas, se fija en lo que de verdad importa, en lo real del cuadro, en lo único que vale la pena de toda la exposición. Esa ventana. María se marcha y, desde ese momento, ya está escrito un crimen. Juan Pablo empieza a fantasear con esa mujer que siente como él, que ve como él, que intuye como él. Juan Pablo, el pintor lejano y diferente, comprendido al fin. Así que la empieza a idealizar en su pensamiento: la introduce en su vida sin pedirle permiso, la hace suya, imagina cómo sería un encuentro con ella hasta que eso sucede. Para cuando tú conoces esta historia, ya sabes que Juan Pablo ha matado a María Iribarne. Lo sabes en la primera página, él mismo te lo dice: he matado a María, la única persona que pudo comprenderme en todo el mundo, la he matado y además no pienso justificarme, espero que tú tampoco lo hagas, lo he hecho, lo he hecho.

martes, 20 de octubre de 2009

Puro fuego. Confesiones de una banda de chicas. Joyce Carol Oates


Épica oscura del alma adolescente. Fuego indomable. FOXFIRE SIEMPRE ARDE.
Maravillosa novela sobre una banda de chicas en los años 50. Pero qué chicas. Son figuras que se elevan en llamaradas y se recortan contra el azul purísimo del cielo. Las chicas están solas, sin familias ni amor en sus hogares miserables, y encuentran, en la banda, más belleza de la que nadie puede imaginar. Su amor es límpido y oscuro, abrasador, y las llena de un orgullo y una fuerza que puede con todo. Todo. FOXFIRE NUNCA PIDE PERDÓN.
Me sorprende descubrir, pero al cabo de un instante no, que Oates es una escritora que los-las góticas consideran suya. He leído obras de fanficción adolescente –escritas por mujeres muy jóvenes, protagonizadas por sus personajes favoritos- a las que me recuerdan estas confesiones de una banda de chicas. Hay un poder terrible en la entrega absoluta a un grupo -en la entrega, sin más; y el alma adolescente adora esta entrega-, hasta la muerte. Comienza con un rito de disolución y de unión y, tras él, los miembros renacen en el grupo. La amistad sustituye a la familia. Las sangres se mezclan. Chicas contra el mundo. Contra LOS OTROS. Se puede respirar esa energía desatada en los primeros tiempos de FOXFIRE. Es impresionante.

Un soplo de vida, Clarice Lispector

-->Reconozco que podría haber ocurrido todo lo contrario: que, al leer esta novela de Clarice, una reflexión íntima del personaje que crea a Ángela Pralini y la misma Ángela Pralini sobre el acto de escribir o, en el segundo caso, el acto de ser escrito, podría haber ocurrido, como digo, lo contrario: que no quedara ya nada más por escribir, que ella lo hubiera dicho todo, que un diario a dos voces entre creador y creado fuera lo último que podría decirse acerca de la escritura, del papel en blanco, del temblor de la pluma. Y, sin embargo, sin embargo un milagro: lees, devoras, vives y, aunque sabes que nadie arrojará sobre un mismo tema tanta claridad y precisión, sufres unas irrefrenables ganas de escribir. Y Clarice te lo advierte, te dice que tiene miedo de escribir, a través de la confusión del escritor que ya nada sabe de la frontera entre la realidad de Ángela y su propia aportación a un cuerpo sólo literario, que es peligroso escribir, que se hurga en lo que está oculto y que ocultas son tantas las raíces que se sumergen bajo la capa sencilla de la vida y bajo el mar, te dice que para escribir debe instalarse en el vacío y, sin miedo, uno lee y desea ese vacío, ansía el momento de llenarse de ese vacío como si pudiera ser el hueco que hay en la barriga de una mujer que acaba recién de parir, así es la literatura, como ese hueco caliente y abierto para tantas palabras que están por nacer, y es peligroso y sin embargo necesario, te habla de un pozo de sangre de donde saca todo lo que acaba por escribir y sin embargo el resultado es tan bello como un bebé que te pertenece.

lunes, 19 de octubre de 2009

Carta de una desconocida, Stefan Zweig

María Zambrano, con toda la poesía puesta como si fuera un vestido de noche, nos habló de cómo escribía el hombre y cómo escribía la mujer. Y, por lo tanto, de cómo sentían ambos, porque enfrentarse a la escritura no es otra cosa que combatir una soledad y vivirla. Como digo, habló de las diferencias que hay entre ambos: la mujer se vive desde adentro, el hombre lo hace desde fuera, la mujer escribe así, de dentro al exterior, y el hombre todo lo contrario, mucho más práctico, como una definición exacta, liberado, no sencillo pero sí más directo, la mujer, en cambio, lo hace desde el interior, como deshaciendo una madeja de sensaciones, y de ahí que las miradas de ambos disten tanto una de otra. Es una explicación como otra cualquiera que puede servirte o no: conmigo dio resultado. No dice en ningún momento que alguna de las dos sea superior, ni mucho menos, ni más apta, ni más eficaz, pero abrió una brecha ahí, entre ambas miradas, con la que coincidía totalmente sin saberlo hasta que ella encendió una luz de conocimiento en mí. Me he encontrado, sin embargo, muchas veces, con que para alabar la escritura y sensibilidad de un hombre se recurre al mismo lugar común: siente como una mujer. Y viceversa. Si una mujer es precisa, es clara, es brusca muchas veces, si dice las cosas de afuera para adentro, o de afuera para afuera, se la ensalza por ser tan masculina. En esta novela, pues, dejando ya de lado los preámbulos, se nos da el primer caso. Stefan Zweig siente como una mujer, escribe como una mujer, piensa como una mujer. Mientras leía Carta de una desconocida, de vez en cuando, necesitaba recurrir al ejercicio de apartarme del libro, mirar la historia de lejos, enfriarla, y me decía: Stefan es un hombre, no te equivoques, todo lo que hay de mérito en estas palabras tiernas y crueles por igual, es que no las siente una mujer, las siente un hombre, y no lo parece, no lo parece. No debería ser una virtud que un hombre sea sensible y escriba sobre cosas sensibles, sin embargo, la mayoría de veces, sucede así. Reconozco que he caído en la trampa también y que de Stefan Zweig siempre acabo resaltando esa característica suya tan poco propia en el género masculino. Lo que me gusta de este escritor es que, partiendo de una idea sencilla, consigue recrear todo un mundo que de pronto se te antoja único, como si a nadie más se le hubiera podido ocurrir esa historia, esa trama, ese argumento. En este caso, no es más que una carta, como ya anuncia el título, que una mujer madura le manda a su amado, desconocida hasta entonces para él a pesar de haberse cruzado con su vida hasta en tres ocasiones. Una mujer enamorada de un escritor de éxito, una mujer que decide por fin, tras la trágica muerte de su hijo y la pérdida de tantas cosas, confesarle a R. que, desde que era una niña, está enamorada de él. La fidelidad, la espera, la lejanía, el paso del tiempo, el amor no correspondido y todas las etapas importantes de la vida de esta mujer son tratadas por Stefan Zweig con una claridad y un dramatismo digno de una mujer desesperada y sola. Creo firmemente que, en esas entrelíneas, ahí donde la historia que en realidad no es especial, ahí donde se convierte en un relato difícil de olvidar, ahí donde Stefan Zweig convierte un acto corriente en una vivencia, ahí es donde se esconde eso abstracto que encierra el arte.

domingo, 18 de octubre de 2009

La Reina de las Nieves, Carmen Martín Gaite

¿Cómo era llorar? ¿Quién es la misteriosa señora de la Quinta Blanca? ¿Por qué sentimos vértigo? Hasta nueve años se puede pasar uno escribiendo una novela persiguiendo, como a un niño escurridizo y veloz, la respuesta a esas tres preguntas que nos propone la sinopsis de La Reina de las Nieves. ¿Hasta nueve años? No parece nada comparado con el vacío que intuyo en las personas que ni siquiera se molestan en preguntarse semejantes incógnitas. Nueve años son una minucia si el resultado es una novela como ésta que ha escrito Carmen Martín Gaite. Leonardo Villalba, hilo conductor y protagonista de esta historia, como Kay, el protagonista del cuento La Reina de las Nieves de Andersen, no sabe cómo era llorar. ¿Quién puede saber tal cosa? No es un caso tan aislado, al fin y al cabo, pero pocos podríamos buscar la causa y su respuesta en un espejo de los diablos que, al romperse en pedazos extendiéndose sus partículas de polvo por toda la atmósfera, un trocito de ésos cayera en uno de nuestros ojos, impidiéndonos así volver a llorar y ver la realidad tal como es, si es que la realidad es. ¿Y cómo era llorar? La respuesta la busca Leandro en ese cristalito dichoso que se le ha metido en el ojo, confundiéndosele todo. ¿Se puede confiar en que todas las respuestas de la vida, que son tantas, puedan responderse con un cuento de Andersen? Yo, cerrando el libro del que hablo, confío en cualquier cosa: hasta en el azar. Leandro sale de la cárcel y se encuentra con una vida que, sin la memoria, sin el recuerdo, sin un poder indagar en el pasado y reconocer, no tiene ningún sentido.

sábado, 17 de octubre de 2009

La hojarasca, Gabriel García Márquez

Lo primero es la muerte. Estamos acostumbrados a que sea lo último, pero aquí, en Macondo, en un Macondo todavía virgen y vacío de todo significado y de toda soledad, allí, en ese pueblo amado por todos y desconocido por entonces, la muerte es lo primero. El médico se ha ahorcado. Eso podría resultar, en cualquier lugar pequeño y enrarecido como éste, una tragedia. Una verdadera tragedia. El médico ha muerto y, con él, toda esperanza y toda salvación. Pero igual que aquí la muerte es lo primero y no lo último, que el médico se haya ahorcado es un alivio, una bendición, el cumplimiento de muchos rezos y deseos de los habitantes de Macondo. La novela empieza en una habitación oscura, cerrada, ajena y llena de superstición. Ahí están, contemplando el baile de la muerte, el cuello doblado y débil del médico, el coronel, su hija y el hijo de ésta. Probablemente sólo hiciera falta el coronel que, por otra parte, es el personaje más fiel y duro de la historia, el único que no se deja llevar por el odio y el rencor hacia el médico, el único que le ofreció lo que fuera que pedía este señor que apareció en Macondo un día. Probablemente, como digo, fuera, de los tres, el único imprescindible. Pero decidió llevarse a su hija. Isabel seguramente no lo comprendió hasta que decidió obrar del mismo modo: se llevaría a su hijo pequeño para que la acompañara. Desde esos seis ojos, esos tres corazones dudosos, desde esas seis manos temblorosas, podemos asistir a toda la historia de una vida que empieza raramente por la muerte, por el suicidio.

viernes, 16 de octubre de 2009

La enredadera, Josefina R. Aldecoa

Josefina R. Aldecoa devora a las mujeres. Y se podría decir que literalmente si fuéramos fieles a la raíz de la palabra y en este caso quisiera expresar que se come a una mujer y la convierte en literatura. Así pues: Josefina R. Aldecoa devora literalmente a las mujeres. Porque La enredadera dicen que narra la historia de dos mujeres, Clara y Julia, con un siglo de diferencia. Y yo discrepo. Yo creo que La enredadera narra la historia de todas las mujeres que existen y que están por existir. Yo, que ni hace un siglo que nací, ni he vivido todavía la madurez en mis carnes, yo, que no soy de ninguna de las generaciones de estas dos protagonistas, ni siquiera de la autora, leo La enredadera y leo dentro de mí. Me leo. ¿Y cómo puede ser eso si sólo se narra la historia de dos mujeres? Pues por eso mismo que decía al principio. Porque Josefina en esta novela habla de la mujer, como si pudiera reducirse tal cosa a unas páginas y a unas palabras. Lo hace. No sé cómo, pero lo hace. En este caso, sumergiéndome en estas historias paralelas y encontradizas, puedo darme perfectamente cuenta de que sí, de que la mujer, tan laberíntica, tan perdida tantas veces, tan inabarcable, la mujer puede limitarse. Porque Clara, que se casó con un hombre rico, un indiano, y queda totalmente subyugada a él y más tarde abandonada por él, con una única hija que acaba por dejarla sola metiéndose a monja, se parece tanto a Julia, una mujer independiente, moderna, libre, casada y divorciada, o distanciada, con aventuras por dentro y por fuera de su cuerpo, con un hijo.

viernes, 14 de agosto de 2009

La casa más fea del mundo, Peter Ho Davies


Una colección de relatos de Peter Ho Davies, hijo de galés y china, o chino y galesa, que tanto más da. Lo primero es una reconfortante sensación de clasicismo, en el buen sentido de la palabra, que decía Machado. La mirada del autor, que no rehúye el dolor, incluso la tragedia, tiene de esa mezcla de ternura y sentido del humor de los grandes cuentistas anglosajones. De compasión esencial, de amor a la humanidá.
En Alivio, en una cena de oficiales ingleses,unos días después de la batalla de Isandhlwana contra miles de zulúes (magnífica película, Zulú), a uno de ellos se le escapa un infinitamente vergonzoso pedo. Es una de esas historias que hacen reír a carcajadas. Por supuesto no se queda ahí. Pero es divertido, muy divertido y tierno.
Todos los relatos se desarrollan en el siglo XX, desde las luchas sindicales de principios de siglo en Gales hasta la revolución comunista en Malasia en los años 50. Los más cercanos en el tiempo no pasan del thacherismo. Algunos tienen planteamientos muy originales, como el de un voluntario del Teléfono de la Esperanza que hace amistad con una transexual, o el más poético Boyante, que relata la obsesión de un hombre por llegar fondo de un gigantesco y profundísimos pozo (una antigua mina a cielo abierto llena de agua).
Un libro de relatos de un autor joven (del 66, es joven ¿no?) que nos deja con ganas de más, como tiene que ser. Muy recomendable.