lunes, 14 de octubre de 2013

Moby Dick, Herman Melville

Una cita: Whenever I find myself growing grim about the mouth; whenever it is a damp, drizzly November in my soul; whenever I find myself involuntarily pausing before coffin warehouses, and bringing up the rear of every funeral I meet… then, I account it high time to get to sea as soon as I can.

Well, what dost thou think then of seeing the world? Do ye wish to go round Cape Horn to see any more of it, eh? Can’t ye see the world where you stand?

Herman Melville lo dice de otro libro, pero bien puedo apropiarme de sus palabras para decir que Moby Dick es ese libro, tan viril de arriba abajo, de aventuras a la antigua, y tan lleno, también, de honradas maravillas. Aunque parezca increíble, nunca me lo había leído antes. Increíble porque si hay algo que me gusta son los libros marineros, increíble sobre todo porque nada más empezar a leer me enamoré un poco, y hace rato que venía pensando que no me iba a enamorar de ningún otro libro en lo que me quedara de vida, aunque luego se me pasó el amor en las disgresiones enciclopédicas de Melville, para quien una ballena era un pez de sangre caliente. El amor me iba y me venía cuando se hacían a los remos o escuchaba entre las páginas del libro el crujir de las cuadernas y me preguntaba con qué aventuras soñarán los niños modernos que no tienen posibilidad de embarcarse en barcos balleneros o en barcos de casi ninguna clase.
Moby Dick no es una novela, es Herman Melville metiendo en un petate de marino un montón de cosas para el viaje y contando cosas marítimas sobre barcos balleneros y a veces sobre el Pequod bajo las órdenes de ese demente de Ahab que personifica en la ballena blanca todos los males que algunos hombres profundos sienten que les devoran en su interior. Todo lo que más enloquece y atormenta, todo lo que remueve la hez de las cosas, toda verdad que contiene malicia, todo lo que resquebraja los nervios y endurece el cerebro, todos los sutiles demonismos de vida y pensamiento. Quién no quisiera que sus angustias se encarnaran en monstruo para poder arponearlas, pero eso no pasa nunca; de todas formas, aunque no tengamos a nuestro alcance a unos armadores tan peculiares como Peleg y Bildad (otra pareja cómica de la literatura) que pongan a nuestra disposición un barco, sí que nos inventamos cachalotes con formas más de andar por casa. Pero no hagamos lo que Melville no quería que hiciéramos: Podrían desdeñar Moby Dick como una fábula monstruosa, o aún algo peor y más detestable, como una alegoría horrible e intolerable. No lo haremos, nos gusta tan cual es, al pie de la letra, con sus disgresiones enciclopédicas incluidas con prolijas descripciones sobre estachas y fisiología cetácea y aparejos marítimos; con sus romanticismos sobre los demonios interiores convertidos en animal marino mitológico y los viajes exteriores que a pesar de los peligros se sabe que nos devuelven al mismo sitio. Nos gustan las horas de vigilancia sobre la cofa de trinquete, que Ismael mire con amor a Queequeg, el buen salvaje; nos gusta ese Starbuck (también nos gusta el Starbuck de Galáctica, pero ésa es otra historia) que aborrece la búsqueda de Achab porque es recto y bondadoso y sabio a pesar de todo obedece con dulzura o más bien cobardía; nos gustan los charloteos de Stubb; y nos gusta la tripulación estrambótica, caprichosa, voluble y poco de fiar (como marinero de cualquier clase, dice Melville) y más internacional que una asamblea plenaria de la ONU.
Moby Dick habla de muchas cosas que dejaron de existir: lámparas de aceite, bujías, velas de grasa de ballena, ballenas de corsés, balleneros de Nantucket que pasaban tres años circunvalando el globo, piratas malayos, viudas del mar (aunque yo hoy vi unas cuantas en la procesión del Carmen, la patrona de los marineros de mi pueblo), caníbales reconvertidos en arponeros, cocineros esclavos, poetas jóvenes que se embarcan para olvidar su melancolía. Melville seguro que era un gran contador de historias así en persona, pipa en mano, lástima que no hubiera podcasts en el siglo XIX.
Podéis leer la traducción de José María Valverde con felicidad, y seguramente con lentitud: no se ganó Moby Dick en una hora. Ah, el capítulo XXIII serviría para escribir otra novela que me gustaría mucho leer.

Por fuera del libro:
Melville antes que escritor fue más que marinero aventurero, no se portaba muy bien en sus barcos. Desertó de un ballenero para quedarse en las Marquesas, estuvo en la cárcel en Tahití y otras cosas así normales que nos pasan a todos en nuestra vida cotidiana. Sus novelas autobiográficas de juventud no las he leído pero lo haré.
A Moby Dick no le hicieron mucho caso cuando se publicó en 1851, hasta que 70 años después se puso de moda y se publicó la tan preciosísima edición de los grabados de Rockwell.

Loulou revisited

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