Y busca, busca sus propios acertijos para quitarles de un tirón el disfraz que llevan: su padre ha muerto, tiene una casa plagada de secretos, de voces, de ayeres, de historias a las que no tiene acceso. Y se pierde, se pierde en todos esos laberintos y todas esas trampas de ratón que su padre le ha tendido como proponiéndole un juego desde el más allá. Dolido por su desventaja, se deja morder por el miedo, por la incertidumbre, se deja arañar por la fotografía de una mujer que le martillea y roba las horas. ¿Quién será la mujer de la Quinta Blanca? ¿Y cómo era llorar? ¿Y por qué el vértigo? Y así, todo junto y en desorden, con un cristalito en el ojo que nos impide leer sin implicarnos, transcurre la historia. Vidas cruzadas, amores en la distancia, silencios, palabras escritas con una caligrafía que disimula el dolor y la añoranza. Y que lo disimula mal. Todo comprimido en estas páginas, metido como a presión sin dejar hueco alguno para el aliento del lector. Y parece que todo vaya a estallar de un momento a otro. La vida, lo oscuro, el olvido, la ausencia, la escritura. Y acaba por estallar. Acaba desbordándose sin compasión, sin medida, sin miedo. Tanto, que ya nadie sabe en qué otro ojo anda el cristal, porque fíjate esta hermosa, caliente y deseada lágrima que cae por mi mejilla al ver cómo la Quinta Blanca se abre para todos nosotros, sin hacer ruido ni daño alguno.
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domingo, 18 de octubre de 2009
La Reina de las Nieves, Carmen Martín Gaite
Y busca, busca sus propios acertijos para quitarles de un tirón el disfraz que llevan: su padre ha muerto, tiene una casa plagada de secretos, de voces, de ayeres, de historias a las que no tiene acceso. Y se pierde, se pierde en todos esos laberintos y todas esas trampas de ratón que su padre le ha tendido como proponiéndole un juego desde el más allá. Dolido por su desventaja, se deja morder por el miedo, por la incertidumbre, se deja arañar por la fotografía de una mujer que le martillea y roba las horas. ¿Quién será la mujer de la Quinta Blanca? ¿Y cómo era llorar? ¿Y por qué el vértigo? Y así, todo junto y en desorden, con un cristalito en el ojo que nos impide leer sin implicarnos, transcurre la historia. Vidas cruzadas, amores en la distancia, silencios, palabras escritas con una caligrafía que disimula el dolor y la añoranza. Y que lo disimula mal. Todo comprimido en estas páginas, metido como a presión sin dejar hueco alguno para el aliento del lector. Y parece que todo vaya a estallar de un momento a otro. La vida, lo oscuro, el olvido, la ausencia, la escritura. Y acaba por estallar. Acaba desbordándose sin compasión, sin medida, sin miedo. Tanto, que ya nadie sabe en qué otro ojo anda el cristal, porque fíjate esta hermosa, caliente y deseada lágrima que cae por mi mejilla al ver cómo la Quinta Blanca se abre para todos nosotros, sin hacer ruido ni daño alguno.
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