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sábado, 17 de octubre de 2009

La hojarasca, Gabriel García Márquez

Lo primero es la muerte. Estamos acostumbrados a que sea lo último, pero aquí, en Macondo, en un Macondo todavía virgen y vacío de todo significado y de toda soledad, allí, en ese pueblo amado por todos y desconocido por entonces, la muerte es lo primero. El médico se ha ahorcado. Eso podría resultar, en cualquier lugar pequeño y enrarecido como éste, una tragedia. Una verdadera tragedia. El médico ha muerto y, con él, toda esperanza y toda salvación. Pero igual que aquí la muerte es lo primero y no lo último, que el médico se haya ahorcado es un alivio, una bendición, el cumplimiento de muchos rezos y deseos de los habitantes de Macondo. La novela empieza en una habitación oscura, cerrada, ajena y llena de superstición. Ahí están, contemplando el baile de la muerte, el cuello doblado y débil del médico, el coronel, su hija y el hijo de ésta. Probablemente sólo hiciera falta el coronel que, por otra parte, es el personaje más fiel y duro de la historia, el único que no se deja llevar por el odio y el rencor hacia el médico, el único que le ofreció lo que fuera que pedía este señor que apareció en Macondo un día. Probablemente, como digo, fuera, de los tres, el único imprescindible. Pero decidió llevarse a su hija. Isabel seguramente no lo comprendió hasta que decidió obrar del mismo modo: se llevaría a su hijo pequeño para que la acompañara. Desde esos seis ojos, esos tres corazones dudosos, desde esas seis manos temblorosas, podemos asistir a toda la historia de una vida que empieza raramente por la muerte, por el suicidio.