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domingo, 19 de julio de 2009

La princesa prometida. William Goldman

portada

Había visto la película hace tiempo, y volví a verla dos o tres veces más. Me encantó la primera vez y sigo disfrutando.
Mi alma de niño quedó complacida al identificarse con el nieto enfermo, al cual el abuelo –¡Caramba, el astuto teniente Colombo!— le va leyendo una rara novela juvenil. Se trataba de la novela, sin resumir, de un escritor de nombre alemán, un tal Morgenstern (‘Estrella del Alba’), ciudadano de una nación europea, Florin, ubicada en algún lugar medieval entre Alemania, Dinamarca y Escandinavia. Enseguida nos percatamos de que Florin pertenece a ese continente metafísico, llamado Neverland, Wonderland, Antiterra, Jauja, Utopía &c., donde los entes de ficción viven sus aventuras y desventuras más abracadabrantes. El abuelo se la va leyendo a saltos, omitiendo escenas escabrosas, prescindiendo de fastidiosas digresiones, resumiendo intuitivamente el extenso texto. La narración encantó al niño enfermo, a los niños de todo el mundo, enfermoso sanos, y, por consiguiente, a los abuelos de espíritu juvenil –aunque yo aún no era abuelito por aquellas fechas.

Había visto la película hace tiempo, y volví a verla dos o tres veces más. Me encantó la primera vez y sigo disfrutando. Mi alma de niño quedó complacida al identificarse con el nieto enfermo, al cual el abuelo –¡Caramba, el astuto teniente Colombo!— le va leyendo una rara novela juvenil. Se trataba de la novela, sin resumir, de un escritor de nombre alemán, un tal Morgenstern (‘Estrella del Alba’), ciudadano de una nación europea, Florin, ubicada en algún lugar medieval entre Alemania, Dinamarca y Escandinavia. Enseguida nos percatamos de que Florin pertenece a ese continente metafísico, llamado Neverland, Wonderland, Antiterra, Jauja, Utopía &c., donde los entes de ficción viven sus aventuras y desventuras más abracadabrantes. El abuelo se la va leyendo a saltos, omitiendo escenas escabrosas, prescindiendo de fastidiosas digresiones, resumiendo intuitivamente el extenso texto. La narración encantó al niño enfermo, a los niños de todo el mundo, enfermoso sanos, y, por consiguiente, a los abuelos de espíritu juvenil –aunque yo aún no era abuelito por aquellas fechas.